top of page
Buscar

Etapas del duelo: qué se siente, qué se piensa y por qué el vínculo con quien ya no está sigue vivo

Casi todo lo que circula sobre el tema viene ordenado en las cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Es probable que usted las haya escuchado. También es probable que haya intentado ubicarse en alguna y no lo haya conseguido, o que haya sentido que va "atrasado" respecto de donde debería estar. Eso pasa porque el duelo no avanza en fila. Avanza en oleadas, con retrocesos, con días buenos que sorprenden y días malos que aparecen sin aviso, incluso meses después de que todos a su alrededor asumieron que usted ya estaba bien.

Este artículo explica qué se siente de verdad en un duelo, cómo lo entiende hoy la psicología con mejor respaldo empírico, qué significa que el vínculo con la persona que murió siga existiendo en otra forma, cuánto suele durar el proceso, cuándo conviene consultar y qué ayuda realmente. El marco principal es el de J. William Worden, cuyo manual de referencia va en su quinta edición, complementado con los desarrollos más sólidos de las últimas tres décadas.


etapas-del-duelo-tareas-worden.jpg
Alt text (137 caracteres): Rosa blanca sobre fondo claro, artículo sobre las etapas del duelo y las cuatro tareas del duelo según Worden, del psicólogo Pedro Hübner

1. Qué es el duelo

El duelo es la respuesta esperable a la pérdida de un vínculo significativo. No es una enfermedad, no es un síntoma y no requiere ser tratado por el solo hecho de existir. Es lo que ocurre cuando alguien que ocupaba un lugar central en nuestra vida deja de estar y todo el sistema de rutinas, expectativas, planes y sentidos que se había construido alrededor de esa persona queda sin soporte.

Conviene distinguir tres términos que suelen usarse como sinónimos:

  • Pérdida: el hecho objetivo. La persona murió.

  • Duelo: la experiencia interna. Lo que usted siente, piensa y percibe en el cuerpo a partir de esa pérdida.

  • Elaboración: el proceso activo, a lo largo del tiempo, mediante el cual esa experiencia se va integrando a la vida.

Aunque el foco de este artículo está en el duelo por la muerte de un ser querido, que es donde la investigación tiene mayor volumen y solidez, la misma lógica se aplica a otras pérdidas que también duelen y también piden ser elaboradas: el término de una relación de años, la pérdida de un trabajo que sostenía buena parte de la identidad, un diagnóstico que cambia el proyecto de vida, la migración, la infertilidad. En la sección 8 volvemos sobre esto.


2. Por qué las cinco etapas del duelo describen mal lo que ocurre


El modelo de las cinco etapas proviene de Elisabeth Kübler-Ross, quien en 1969 publicó sus observaciones a partir de entrevistas con pacientes terminales. Su trabajo fue valioso y abrió una conversación que la medicina de la época evitaba, pero tiene dos problemas cuando se aplica al duelo.

El primero es de origen. Kübler-Ross describía cómo personas enfermas enfrentaban su propia muerte inminente, no cómo alguien atraviesa la muerte de otro. La extrapolación a las personas en duelo se hizo después, de manera popular, sin que existiera investigación que la respaldara.

El segundo es de evidencia. Stroebe, Schut y Boerner (2017) revisaron el estado de la cuestión y concluyeron que las etapas carecen de sustento empírico y que su uso como guía clínica puede producir daño. El daño es concreto y aparece todo el tiempo en consulta: personas que llegan preocupadas porque "todavía no llegan a la aceptación", porque "sintieron rabia antes que tristeza y eso no corresponde", o porque volvieron a una emoción que creían superada y lo interpretan como un retroceso. Los mismos autores advierten a los profesionales de la salud que dejen de usar el modelo como referencia para acompañar.

La secuencia fija tiene un atractivo evidente: promete orden en medio de algo que se vive como caos, y promete un final. El costo de esa promesa es que quien no calza en ella termina agregando culpa a lo que ya está sintiendo.


3. Qué se siente en un duelo: el mapa completo


Una de las cosas que más alivio produce en las primeras conversaciones sobre duelo es descubrir que aquello que uno vive como una rareza personal aparece descrito en la literatura hace décadas. Worden organiza estas manifestaciones en cuatro grupos. Lo que sigue es un mapa, no una lista de verificación: nadie experimenta todo esto, y experimentar varias de estas cosas no significa que algo esté funcionando mal.


3.1. Emociones frecuentes

Shock, adormecimiento afectivo, tristeza, rabia, culpa o autorreproche, alivio, emancipación, ansiedad, fatiga, soledad y sensación de vacío.

Vale la pena detenerse en dos de ellas, porque son las que más callan las personas. El alivio aparece con frecuencia después de una enfermedad larga, de una agonía difícil o de una relación que era dolorosa, y quienes lo sienten suelen vivirlo como una traición. La emancipación es la sensación de haber quedado libre de una influencia que pesaba. Ninguna de las dos dice algo malo sobre el amor que existía. Dicen algo sobre lo que esa relación exigía.

La rabia también desconcierta. Puede dirigirse al sistema de salud, a otros familiares, a uno mismo y, con bastante frecuencia, a la persona que murió, por haberse ido, por no haberse cuidado, por haber dejado cosas sin resolver.


3.2. Sensaciones físicas frecuentes

Vacío en el estómago, opresión en el pecho, garganta apretada, hipersensibilidad a los ruidos y a los olores, sensación de irrealidad o de estar fuera de uno mismo, suspiros frecuentes, debilidad muscular, falta de energía y boca seca.

El duelo se siente en el cuerpo. Muchas personas consultan primero al médico general antes de asociar lo que les pasa con la pérdida.


3.3. Pensamientos frecuentes


Incredulidad ("no puedo aceptar que pasó"), confusión y dificultad para pensar con claridad, preocupación o pensamientos que vuelven una y otra vez sobre la persona o sobre sus últimos días, sensación de presencia (la certeza de que está ahí, en la casa, en la habitación) y experiencias perceptivas como escuchar su voz o creer verla en la calle.

Este último punto asusta a mucha gente. Un estudio clásico de Rees (1971) encontró estas experiencias en cerca de la mitad de las personas viudas entrevistadas, y la investigación posterior ha confirmado que son frecuentes en población sin ningún trastorno. Suelen acompañarse de consuelo más que de miedo, y por sí solas no indican patología.


3.4. Conductas frecuentes


Alteraciones del sueño, soñar con la persona fallecida, buscarla de manera casi automática (marcar su número, esperar que llegue a una hora determinada), visitar lugares asociados a ella, usar o guardar objetos suyos para sentir alivio, llanto, distracción y dificultad para concentrarse, evitar reuniones sociales, evitar recordar, cansancio, hiperactividad como forma de no parar, y cambios en el apetito, con mayor frecuencia hacia la baja.

Una precisión sobre evitar recordar: guardar por un tiempo las fotos o cerrar una pieza suele ser una manera legítima de dosificar el dolor. La señal que sí conviene mirar con atención es la destrucción de todo rastro, o el extremo contrario, mantener el espacio intacto como un santuario durante años sin que nada pueda moverse.


4. Las cuatro tareas del duelo según Worden


Worden propuso hablar de tareas en lugar de etapas, y ese cambio de palabra tiene consecuencias prácticas importantes.

Una etapa es algo que le ocurre a usted. Una tarea es algo en lo que usted participa. La formulación por tareas devuelve algo de agencia en una experiencia que se vive como pura pasividad, y deja espacio para que el acompañamiento profesional tenga un lugar claro.

Las tareas tampoco tienen orden obligatorio ni fecha de vencimiento. Worden es explícito: se puede estar trabajando en varias al mismo tiempo, se puede avanzar en una y volver meses después a otra que parecía resuelta, y ese retorno forma parte del proceso. Un aniversario, una canción, una fecha, un olor en la calle, y una tarea que usted daba por cerrada vuelve a abrirse por un rato. Eso no significa que haya empezado de nuevo.


Tarea 1. Aceptar la realidad de la pérdida


Se trata de que la persona reconozca, en lo racional y también en lo emocional, que quien murió no va a volver. Son dos reconocimientos distintos y no ocurren juntos. Alguien puede saber perfectamente que su padre murió y aun así poner un plato de más en la mesa durante meses.

Los rituales funerarios existen justamente para apoyar esta tarea, y por eso las muertes sin cuerpo, sin funeral o en circunstancias que impidieron despedirse suelen complicarla. Aceptar la realidad no tiene relación con estar de acuerdo, con encontrarle sentido ni con que deje de doler. Tiene relación con dejar de negociar internamente con un hecho que ya ocurrió.


Tarea 2. Elaborar el dolor del duelo


Consiste en darle espacio a lo que aparece: la tristeza, la rabia, la culpa, el miedo, el alivio. La alternativa, que es la evitación sostenida, alivia en el corto plazo y encarece el proceso a mediano plazo, porque el dolor que no se transita tiende a expresarse por otras vías, con frecuencia somáticas o conductuales.

Aquí conviene una advertencia importante, porque este punto se malinterpreta seguido. Elaborar el dolor no implica sufrir todo el día ni forzarse a llorar. La sección 5 explica por qué tomarse descansos del dolor es parte de un proceso sano y no una forma de evasión.

El entorno complica esta tarea sin darse cuenta. Frases como "tienes que ser fuerte", "él no querría verte así" o "ya pasaron seis meses" empujan a la persona a esconder lo que siente justo cuando necesita poder mostrarlo.


Tarea 3. Adaptarse a un mundo donde esa persona ya no está

Worden distingue tres niveles de adaptación:

  • Externa: las tareas concretas que esa persona hacía y ahora hay que asumir. Las cuentas, los trámites, llevar a los niños, cocinar, manejar, dormir en una cama que quedó grande.

  • Interna: el impacto en la identidad. Quién soy yo ahora que dejé de ser hijo, esposa, cuidador, hermano de. Muchas personas descubren aquí que buena parte de su definición de sí mismas estaba anclada en ese vínculo.

  • Espiritual: el efecto sobre las creencias y los supuestos básicos sobre el mundo. La idea de que el mundo es predecible, de que las cosas ocurren por alguna razón, de que uno tiene cierto control, todo eso puede quedar en cuestión.

Esta tarea explica por qué el duelo se pone difícil en momentos que parecen menores. A mucha gente el funeral la encuentra funcionando. Lo que la quiebra es el primer supermercado sola, o darse cuenta a media tarde de que ya no hay a quién contarle la noticia del día.


Tarea 4. Encontrar una conexión duradera con la persona que murió en medio de una nueva vida


Esta es la tarea que Worden reformuló. En ediciones anteriores se hablaba de "recolocar emocionalmente al fallecido y seguir adelante", una expresión que se prestaba para la lectura equivocada de que había que soltar. La formulación actual es distinta: encontrar una conexión duradera con la persona que murió mientras se emprende una vida nueva.

Las dos partes de la frase importan lo mismo. La conexión permanece. La vida sigue. Ambas cosas a la vez.


5. El modelo de proceso dual: por qué uno oscila

Stroebe y Schut (1999, 2010) propusieron un modelo que explica algo que casi todas las personas en duelo describen y casi nadie les explicó: la oscilación.

Según este modelo, quien atraviesa una pérdida se mueve permanentemente entre dos tipos de tareas:

  • Orientadas a la pérdida: conectar con el dolor, recordar, llorar, revisar la relación, echar de menos, mirar fotos.

  • Orientadas a la restauración: ocuparse de lo que la vida sigue exigiendo. Trabajar, hacer trámites, aprender a hacer cosas que hacía el otro, ver amigos, construir rutinas nuevas.

La adaptación saludable pasa por alternar entre ambas, no por quedarse en una. Los descansos del dolor son funcionales y necesarios, y también lo es volver a él. Alguien que solo se orienta a la restauración, que llena la agenda para no parar nunca, termina postergando la elaboración. Alguien que solo se orienta a la pérdida queda sin recursos para sostener la vida cotidiana.

Este modelo explica varias experiencias desconcertantes. Explica por qué usted puede pasar una tarde entera bien y sentirse culpable al notarlo. Explica por qué a veces necesita trabajar todo el día y otras veces necesita quedarse en cama. Explica también por qué dos personas de una misma familia parecen estar viviendo duelos incompatibles: con frecuencia están oscilando en ritmos distintos, y cada una interpreta el modo de la otra como frialdad o como exceso.

6. Por qué no hay una manera correcta de vivir un duelo

Worden identifica siete mediadores que explican por qué dos personas frente a la misma muerte atraviesan procesos completamente distintos:

  1. Quién murió. El vínculo no es el mismo con una madre, un hijo, una pareja, un hermano o un amigo.

  2. La naturaleza del apego. Qué tan intenso era el vínculo, qué tan dependiente, qué tan ambivalente, cuántos conflictos quedaron abiertos.

  3. Cómo murió. Muerte esperada o repentina, natural o violenta, con posibilidad de despedirse o sin ella. Las muertes por suicidio, homicidio o accidente añaden dificultades específicas.

  4. Antecedentes históricos. Cómo le fue a usted en pérdidas anteriores y qué aprendió de ellas.

  5. Variables de personalidad. Estilo de afrontamiento, estilo de apego, historia de salud mental.

  6. Variables sociales. Con qué red cuenta, si su pérdida es reconocida socialmente o queda invisibilizada, qué le permite y qué le prohíbe su cultura y su familia.

  7. Estrés concurrente. Qué otras cosas están ocurriendo al mismo tiempo. Problemas económicos, mudanzas, enfermedad, otras pérdidas.

Con siete variables interactuando, la idea de un recorrido único deja de tener sentido.

La resiliencia también es un resultado frecuente

Un estudio prospectivo de Bonanno y colaboradores (2002), que siguió a personas viudas desde antes de la pérdida hasta 18 meses después, identificó varias trayectorias distintas. La más común, presente en cerca del 46% de la muestra, fue la resiliente: personas que sintieron dolor y aun así mantuvieron un funcionamiento estable. Alrededor del 16% mostró un duelo crónico, con malestar elevado y sostenido, y cerca del 11% siguió el patrón de duelo "común" que los modelos clásicos describen como norma.

Este dato merece subrayarse por dos motivos. Uno, sufrir de manera prolongada e intensa no es lo que le ocurre a la mayoría, aunque sea lo que la mayoría espera. Dos, y esto es lo que más suele necesitar quien lo vive: funcionar bien después de una pérdida no dice nada malo sobre cuánto quería usted a esa persona. No es frialdad, no es negación y no es una cuenta pendiente que vaya a cobrarse después.

Reconstruir el sentido


Neimeyer y su equipo aportaron otra pieza. Para muchas personas, la parte más pesada del duelo consiste en reorganizar la historia de la propia vida cuando el relato que se venía escribiendo perdió a uno de sus personajes centrales. Ese trabajo tiene dos caras: encontrarle algún sentido a lo ocurrido, cosa que a veces sencillamente no es posible, y reconstruir quién es uno ahora.

Vale decirlo con claridad: hay pérdidas que no tienen sentido y forzar uno hace daño. Cuando explicar la muerte queda fuera de alcance, la tarea que sí queda disponible es volver a habitar una vida que cambió.

7. Cuánto dura un duelo y cuándo conviene consultar

No existe un plazo. Cualquier cifra que le den como norma va a servir más para hacerlo sentir mal que para orientarlo. Lo que sí describe la investigación es una tendencia: la intensidad y la frecuencia de las oleadas de dolor suelen ir disminuyendo con el tiempo, mientras que el vínculo permanece. Las fechas significativas, los cumpleaños, los aniversarios y las fiestas de fin de año reactivan el dolor durante años, y eso entra dentro de lo esperable.

Duelo prolongado: qué es y qué no es

En una minoría de casos, el duelo se estanca de una manera que interfiere seriamente con la vida. Tanto el DSM-5-TR (2022) como la CIE-11 incorporaron el trastorno de duelo prolongado como diagnóstico. Los criterios exigen anhelo intenso o preocupación persistente por la persona fallecida, junto con otros síntomas, un deterioro significativo del funcionamiento y una duración mínima: doce meses en el DSM-5-TR para adultos, seis meses en la CIE-11.

Dos advertencias sobre esos plazos, porque se prestan para el malentendido.

Primero, el criterio temporal no está ahí para apurar a nadie. Existe para evitar diagnosticar como trastorno una respuesta que todavía está en curso. Seguir triste al año no configura un diagnóstico.

Segundo, esto le ocurre a una minoría. Los estudios de prevalencia sitúan el trastorno de duelo prolongado en torno al 5% de las personas en duelo cuando se aplican los criterios actuales, y alrededor del 10% en revisiones que usaron definiciones previas para pérdidas no violentas. Dicho al revés: cerca de nueve de cada diez personas atraviesan un duelo doloroso que no constituye un trastorno.

Señales que sugieren buscar ayuda profesional

Más allá de los plazos, estas son las señales que conviene mirar:

  • El dolor no muestra ningún cambio en su intensidad con el paso de los meses.

  • Hay un deterioro sostenido del funcionamiento laboral, familiar o social.

  • La vida quedó organizada alrededor de evitar todo lo que recuerde a esa persona, o alrededor de buscarla.

  • Aparece culpa intensa y persistente, con la convicción de que usted pudo haberlo evitado.

  • La sensación de que la vida perdió todo sentido, o de que no vale la pena seguir.

  • Consumo de alcohol o de medicamentos como principal vía de manejo.

  • Ausencia total de cualquier reacción durante un período prolongado, junto con la sensación de estar completamente desconectado.

  • Duelos que llegan sobre otros duelos sin espacio entre ellos.

Si aparece ideación suicida, la consulta es urgente y no admite espera.

Qué dice la evidencia sobre la terapia de duelo

Aquí hay un matiz honesto que vale la pena conocer. La investigación acumulada muestra que ofrecer psicoterapia de manera indiscriminada a toda persona en duelo no produce beneficios claros, y ese es un hallazgo consistente desde la revisión de Currier, Neimeyer y Berman (2008). La mayoría de las personas elabora su pérdida con los recursos de su red y de su historia.

El panorama cambia cuando existe un duelo prolongado o complicado. Un metaanálisis reciente de Komischke-Konnerup y colaboradores (2024), sobre 22 ensayos controlados aleatorizados y más de 2.600 participantes, encontró que las terapias cognitivo conductuales enfocadas en el duelo producen un efecto medio sobre los síntomas de duelo prolongado, que se sostiene y aumenta en el seguimiento, con mejoras adicionales en síntomas postraumáticos, depresivos y ansiosos.

La lectura práctica es sencilla. Si su duelo duele mucho pero la vida sigue avanzando, probablemente necesite tiempo, red y espacio para sentir. Si su duelo dejó la vida detenida, existen tratamientos con evidencia que funcionan.

8. Otras pérdidas que también son duelos

El modelo de Worden se desarrolló para la muerte, pero las cuatro tareas describen bastante bien lo que ocurre frente a otras pérdidas significativas.

El término de una relación activa las cuatro con una dificultad extra: la persona sigue viva, existe la fantasía del regreso y las redes sociales mantienen una exposición permanente que interfiere con la primera tarea.

La pérdida de un trabajo o de un rol profesional golpea sobre todo la tarea de adaptación interna. Cuando buena parte de la identidad estaba puesta en el cargo, la pregunta por quién es uno sin eso puede ser más pesada que la parte económica.

Un diagnóstico o una pérdida de salud implica el duelo por el cuerpo, las capacidades y el proyecto de vida que uno daba por descontados.

La migración produce una pérdida que rara vez se nombra como duelo: el país, el idioma cotidiano, la red, la versión de uno mismo que existía allá.

Muchas de estas pérdidas son duelos no reconocidos: el entorno no las trata como pérdidas legítimas, y quien las vive termina elaborando en silencio. Esa falta de reconocimiento suele complicar el proceso más que la pérdida misma.


9. Qué ayuda y qué no ayuda


Lo que suele ayudar:

  • Poder hablar de la persona que murió, con su nombre, en tiempo pasado y en tiempo presente, con alguien que no se incomode.

  • Mantener algunos anclajes de rutina, sobre todo sueño, alimentación y algo de movimiento. El cuerpo sostiene buena parte del trabajo psicológico.

  • Rituales propios. Escribir una carta, encender una vela, visitar un lugar, cocinar algo suyo, mantener una conversación anual.

  • Aceptar ayuda concreta. La gente quiere ayudar y no sabe cómo. Pedir algo específico le resuelve el problema a los dos.

  • Dosificar las decisiones importantes durante el primer año, en la medida de lo posible.

  • Tolerar las oleadas. Aparecen, suben y bajan. Ninguna dura para siempre.

Lo que suele complicar:

  • Ponerse plazos.

  • Usar alcohol o medicación sin indicación como vía principal de manejo.

  • Sostener el aislamiento por mucho tiempo.

  • Ordenar y desprenderse de todas las pertenencias en las primeras semanas.

  • Comparar su proceso con el de otro miembro de la familia.

Si usted acompaña a alguien en duelo: su función principal es estar disponible, no arreglar nada. Sirve más preguntar cómo está hoy que ofrecer explicaciones. Sirve nombrar a la persona que murió en vez de evitar el tema. Sirve ofrecer algo concreto ("paso el jueves con almuerzo") antes que un genérico "cualquier cosa me avisas". Y conviene dejar fuera del repertorio frases como "está en un mejor lugar", "todo pasa por algo", "al menos no sufrió" y "tienes que ser fuerte". Ninguna consuela, y todas comunican que lo que la persona siente incomoda.

Puntos clave sobre el duelo

  1. Las etapas no describen bien lo que ocurre. El duelo oscila, retrocede y vuelve. Si usted no calza en ninguna secuencia, el problema está en el modelo.

  2. Las tareas de Worden no tienen orden ni fecha de término. Se puede trabajar en varias a la vez y se puede volver a una que parecía cerrada. Volver forma parte del proceso.

  3. El vínculo continúa y cambia de forma. Recordar, hablarle, sentir su influencia y llevarla consigo son expresiones de un lazo transformado, no señales de un duelo detenido.

  4. No hay una manera correcta de vivir esto. Siete mediadores explican por qué cada duelo es distinto, incluso dentro de una misma familia frente a la misma muerte.

  5. Funcionar bien no es falta de amor. La trayectoria resiliente es la más frecuente y no dice nada sobre la importancia del vínculo.

  6. La mayoría de los duelos no requiere terapia, y algunos sí. Cuando el proceso se estanca y la vida se detiene, existen tratamientos con evidencia sólida.

Si está atravesando una pérdida y siente que el proceso se detuvo, que el dolor no cambia con los meses o que su vida quedó organizada alrededor de esa ausencia, un espacio profesional puede ayudarle a retomar el movimiento sin pedirle que suelte nada. Puede conocer más en la página de atención psicológica para adultos o escribir directamente a través del formulario de contacto.


Preguntas frecuentes sobre el duelo


¿Cuáles son las etapas del duelo? Las cinco etapas del duelo que se citan habitualmente (negación, ira, negociación, depresión y aceptación) provienen del trabajo de Elisabeth Kübler-Ross sobre pacientes que enfrentaban su propia muerte, y se extrapolaron después al duelo por la pérdida de otro sin respaldo empírico. La revisión de Stroebe, Schut y Boerner (2017) concluyó que ese modelo carece de sustento y que usarlo como guía puede hacer daño. El marco que hoy tiene mejor respaldo habla de cuatro tareas del duelo: aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a un mundo donde esa persona ya no está, y encontrar una conexión duradera con ella mientras se emprende una vida nueva. Las tareas no tienen orden fijo ni plazo, y se puede volver a cualquiera de ellas.

¿Cuánto dura un duelo? No existe un plazo definido, y cualquier cifra presentada como norma tiende a hacer daño. Lo que la investigación describe es una tendencia: la intensidad y la frecuencia de las oleadas de dolor suelen disminuir con los meses, mientras que el vínculo permanece de por vida en una forma distinta. Las fechas significativas reactivan el dolor durante años y eso está dentro de lo esperable. Lo que sí orienta es la dirección: si con el paso del tiempo usted recupera capacidad de funcionar, de disfrutar y de proyectarse, el proceso está avanzando aunque siga doliendo.

¿Es normal sentir alivio cuando alguien muere? Sí, y es más frecuente de lo que se habla. Aparece sobre todo después de enfermedades prolongadas, agonías difíciles o relaciones que eran dolorosas. El alivio suele venir acompañado de culpa, porque quien lo siente lo interpreta como una falta de amor. Sentir alivio dice algo sobre lo que esa situación exigía de usted, no sobre lo que esa persona significaba.

¿Está mal seguir hablándole a alguien que murió? No. La investigación sobre vínculos continuos muestra que mantener una relación con la persona fallecida, a través del recuerdo, de la conversación interna, de sus valores o de rituales personales, es compatible con una buena adaptación e incluso la favorece. Lo que conviene revisar es si esa conexión le permite seguir viviendo, o si la vida quedó suspendida esperando algo que no va a ocurrir.

¿Es normal sentir la presencia de la persona o escuchar su voz? Sí. Estas experiencias son frecuentes en personas en duelo sin ningún trastorno. Un estudio clásico las encontró en cerca de la mitad de las personas viudas entrevistadas, y la investigación posterior lo ha confirmado. Suelen ser reconfortantes y, por sí solas, no indican un problema de salud mental. Si vienen acompañadas de mucha angustia, de desconexión de la realidad en otros ámbitos o de confusión sostenida, conviene consultar.

¿Cuándo el duelo deja de ser esperable? Lo que más orienta es la ausencia de cualquier cambio y el grado de interferencia, por sobre el tiempo transcurrido. Si después de varios meses el dolor mantiene la misma intensidad, si la vida está organizada alrededor de evitar todo lo que recuerde a esa persona o alrededor de buscarla, si el funcionamiento laboral, familiar o social está seriamente comprometido, o si aparece la sensación de que la vida perdió todo sentido, conviene consultar. El DSM-5-TR establece doce meses y la CIE-11 seis meses como duración mínima para considerar un trastorno de duelo prolongado, siempre junto a otros criterios clínicos.

¿Todo el mundo necesita terapia después de una pérdida? No. La evidencia muestra que ofrecer psicoterapia de manera indiscriminada a toda persona en duelo no produce beneficios claros. La mayoría elabora su pérdida con el apoyo de su red, sus rituales y su propia historia. La terapia muestra beneficios claros cuando el duelo se estanca, cuando aparece un cuadro de duelo prolongado, o cuando la pérdida se suma a otras dificultades como depresión, ansiedad o estrés postraumático.

¿Qué tipo de terapia funciona para el duelo? Los tratamientos con mayor respaldo son las terapias cognitivo conductuales enfocadas específicamente en el duelo. Un metaanálisis de 2024 sobre 22 ensayos controlados aleatorizados encontró efectos de magnitud media sobre los síntomas de duelo prolongado, que se mantienen y aumentan en el seguimiento. El trabajo suele incluir exposición gradual a los recuerdos evitados, revisión de creencias de culpa o autorreproche, reconstrucción del vínculo en una forma que acompañe, y reactivación progresiva de la vida.

¿Por qué en mi familia cada uno lo vive tan distinto? Porque el vínculo con la persona que murió era distinto para cada uno, porque cada persona tiene una historia de pérdidas previa, un estilo de afrontamiento propio y una red diferente, y porque el modelo de proceso dual describe que cada quien oscila entre el dolor y las tareas de la vida a su propio ritmo. Esto genera malentendidos frecuentes: alguien que se refugia en el trabajo puede parecer indiferente, y alguien que necesita hablar todo el tiempo puede parecer estancado. Suelen ser dos ritmos distintos de un mismo proceso.

¿Esto aplica a una ruptura de pareja o a perder un trabajo? Sí. Las cuatro tareas describen bien lo que ocurre frente a otras pérdidas significativas: el término de una relación, la pérdida de un trabajo que sostenía la identidad, un diagnóstico que cambia el proyecto de vida, la migración. Muchas de estas pérdidas son duelos no reconocidos socialmente, y esa falta de validación externa suele complicar el proceso más que la pérdida en sí.

¿Cómo acompaño a alguien que está en duelo? Estando disponible sin intentar resolver. Nombre a la persona que murió en vez de evitar el tema, ofrezca ayuda concreta en lugar de un "cualquier cosa me avisas", pregunte cómo está hoy, y tolere el silencio y el llanto sin apurarlos. Evite frases como "está en un mejor lugar", "todo pasa por algo" o "tienes que ser fuerte": ninguna consuela y todas comunican que lo que la persona siente incomoda.

Referencias

  • Bonanno, G. A., Wortman, C. B., Lehman, D. R., Tweed, R. G., Haring, M., Sonnega, J., Carr, D., & Nesse, R. M. (2002). Resilience to loss and chronic grief: A prospective study from preloss to 18-months postloss. Journal of Personality and Social Psychology, 83(5), 1150-1164.

  • Currier, J. M., Neimeyer, R. A., & Berman, J. S. (2008). The effectiveness of psychotherapeutic interventions for bereaved persons: A comprehensive quantitative review. Psychological Bulletin, 134(5), 648-661.

  • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C., & Heath, G. (2023). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 47(10), 1001-1014.

  • Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (Eds.). (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Taylor & Francis.

  • Komischke-Konnerup, K. B., Zachariae, R., Boelen, P. A., Marello, M. M., & O'Connor, M. (2024). Grief-focused cognitive behavioral therapies for prolonged grief symptoms: A systematic review and meta-analysis. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 92(4), 236-248.

  • Lundorff, M., Holmgren, H., Zachariae, R., Farver-Vestergaard, I., & O'Connor, M. (2017). Prevalence of prolonged grief disorder in adult bereavement: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders, 212, 138-149.

  • Neimeyer, R. A. (2006). Complicated grief and the reconstruction of meaning: Conceptual and empirical contributions to a cognitive-constructivist model. Clinical Psychology: Science and Practice, 13(2), 141-145.

  • Rees, W. D. (1971). The hallucinations of widowhood. British Medical Journal, 4(5778), 37-41.

  • Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197-224.

  • Stroebe, M., & Schut, H. (2010). The dual process model of coping with bereavement: A decade on. Omega: Journal of Death and Dying, 61(4), 273-289.

  • Stroebe, M., Schut, H., & Boerner, K. (2017). Cautioning health-care professionals: Bereaved persons are misguided through the stages of grief. Omega: Journal of Death and Dying, 74(4), 455-473.

  • Worden, J. W. (2018). Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (5th ed.). Springer Publishing.

En PHM People Matter acompaño a adultos en Chile a través de atención psicológica online, desde el enfoque de la terapia cognitivo conductual, incluyendo procesos de duelo que se han vuelto difíciles de sostener. Conozca más sobre los servicios disponibles en phmpeoplematter.com o contácteme directamente para agendar una primera sesión.

La información contenida en este artículo tiene un propósito exclusivamente informativo y general. No constituye un diagnóstico, una indicación clínica ni reemplaza la consulta con un profesional de la salud mental respecto de su situación particular. Si está atravesando una crisis o experimentando ideación suicida, contacte de inmediato a Salud Responde (600 360 7777, opción 1) o acuda al servicio de urgencia más cercano.

 
 
 

Comentarios


bottom of page